El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




viernes, 23 de noviembre de 2012

¿La curación viene de Dios?


            Cualquier curación procede de Dios, pero también podemos decir perfectamente lo contrario, que ninguna curación procede de Dios. Las dos afirmaciones son correctas, sin necesidad de rasgarnos las vestiduras en función de nuestras creencias.
            Cualquier curación es, o está; de la misma manera que Dios Es. Sin embargo, el ser humano es total y absolutamente libre, de permitir, o no, que dicha curación le alcance.
            Nos puede servir como ejemplo, una habitación completamente llena de humo. Si entra una persona con una mascarilla conectada a un balón de oxígeno en dicha habitación, respiraría normalmente el oxígeno del balón, sin que entrara en sus pulmones ni un ápice de humo. Sin embargo, si la persona que entra en la habitación, lo hace sin ninguna protección, en cada inhalación lo único que entraría en sus pulmones, sería humo.
            El humo está llenando la habitación, de la misma manera que la energía divina, la energía del amor, la energía de la curación está a nuestro alrededor. Pero, de la misma manera que podemos protegernos y aislarnos del humo, también podemos aislarnos de la sanación. Por eso podemos decir, sin necesidad de ser considerado como un anatema, que ninguna curación procede de Dios, o dicho de otra manera: Sólo el ser humano es capaz de sanarse a sí mismo. Esta afirmación, ya nos la enseñan a todos los terapeutas, en cualquier curso o taller que se precie.
            Nunca sabemos el porqué de la enfermedad, ¿Un recurso de aprendizaje?, ¿Una forma de liberación kármica?, ¿Un mal uso del cuerpo?, ¿Una mente enferma?, ¿Un instrumento para dejar la vida física?, ¿Quién sabe? Ese porqué, es como la mascarilla que no deja entrar el humo en los pulmones.
            Al poco tiempo de la fecundación del óvulo por el espermatozoide, se conecta en nuestro corazón el átomo permanente de vida. Este átomo permanente, que va a permanecer conectado al corazón durante toda la vida física, es una especie de CD, que va activando en el ordenador central, un sinfín de aspectos, relacionados con la vida física del ser que nacerá al mundo dentro de nueve meses, siempre en función del aprendizaje, del Karma a liberar y del trabajo a realizar que se ha preparado el alma para la presente encarnación. Están contenidas, no sólo, las fechas del nacimiento y de la muerte, sino también todas las fechas y acontecimientos importantes en la vida de la persona, y entre esos acontecimientos se encuentran también las enfermedades que irá padeciendo la persona a lo largo de su vida física.
            Por ejemplo, podemos enfermar, porque así está programado en nuestro átomo permanente de vida, a determinada edad, para que en la búsqueda de la sanación para esa enfermedad, nos encontremos con un terapeuta que nos hable del alma. Cuando eso ocurra, ¡Ya está!, objetivo cumplido. A partir de ese momento la enfermedad desaparecerá, e incluso la persona puede pensar, “Que buen terapeuta, ha conseguido en pocas sesiones lo que muchos otros no han conseguido”. No es así. Se ha sanado ella misma, cuando ha escuchado lo que necesitaba escuchar, el terapeuta sólo la ha acompañado y ha sido un instrumento en manos de Dios. La curación siempre ha estado ahí, pero la persona tenía colocada la mascarilla que impedía su acceso, hasta que con la información que necesitaba recibir, la mascarilla se desprendió sola.
            Podríamos poner un millón de ejemplos, todos diferentes de posibles causas de enfermedad, ¡no merece la pena!, con un botón de muestra es suficiente. Pero independientemente de cualquier enfermedad y de la causa de esa enfermedad, el día que integremos en nosotros nuestra esencia divina, nos encontraremos perfectamente sanos, aunque el cuerpo permanezca postrado en el lecho del dolor por cualquier enfermedad que pudiera aquejarle. 
                          

jueves, 22 de noviembre de 2012

Huellas en la arena.


Es a través de este cuento como surge la reflexión sobre Dios:
Una noche en sueños vi que caminaba con Jesús junto a la orilla del mar, bajo una luna plateada.
Soñé que veía en los cielos mi vida representada en una seria de escenas que en silencio contemplaba.
Dos pares de firmes huellas en la arena iban quedando mientras andaba con Jesús conversando como amigos.
Miraba atento esas huellas reflejadas en el cielo pero observé algo extraño y sentí gran desconsuelo.
Observé que algunas veces al reparar en las huellas, en vez de ver los dos pares, veía sólo un par de ellas.
Y observaba también, que sólo aquel par de huellas se advertían mayormente en mis noches sin estrellas, en las horas de mi vida llenas de angustia y tristeza, cuando el alma necesita más consuelo y fortaleza.
Pregunte triste a Jesús: “¡Señor!, ¿Tú no has prometido que en mis horas de aflicción siempre andarías conmigo…? Pero noto con tristeza que en medio de mis querellas, cuando más siento el sufrir, veo sólo un par de huellas.
¿Dónde están las otras dos que indican Tu compañía, cuando la tormenta azota sin piedad mi vida?
Y, Jesús me contestó: con ternura y comprensión; "Escucha bien, hijo mío, comprendo tu confusión. Siempre te amé y te amaré, y en tus horas de dolor siempre a tu lado estaré para mostrarte Mi Amor”.
Más, si ves sólo dos huellas en la arena al caminar, y no ves las otras dos que se debieran notar, es que en tu hora afligida, cuando flaquean tus pasos, no hay huellas de tus pisadas porque te llevo en Mis brazos". 

Siempre recuerdo este cuento cuando alguien me comenta que a pesar de ser una buena persona, y de pedir ayuda a Dios en los momentos duros que se le presentan en la vida, Dios no contesta, ni se resuelve el problema, ni siente ningún alivio; lo cual le hace pensar que Dios, o no escucha, o sencillamente es que no está.
Entonces, le relato este cuento y trato de explicarle que Dios Es……., sólo eso, que Dios Es el aire y el agua, que Dios Es la tierra y el fuego, que Dios Es cada montaña, cada planta, cada criatura, que Dios Es tú, que Dios Es yo, que Dios Es Amor, Es comprensión, Es compasión, Es misericordia.
Y es tal Su Grandeza que nos permite hacer y deshacer a nuestro antojo, que respeta nuestro libre albedrío y no interfiere en nuestros asuntos terrenales.
La vida puede ser una fiesta o un calvario. Es la persona la única que decide que desea vivir, y como desea vivirlo. Nuestro contrato con Dios, por expresarlo de alguna manera, es aprender a vivir en la Tierra, confinados en un cuerpo, como si estuviéramos en el Reino, al otro lado de la vida. Si Él interfiriera, sería como realizar un examen con la información del profesor, y en las asignaturas de la vida no valen engaños.
Antes de suplicar la ayuda de Dios, sería bueno descubrir quién es Dios. Para eso, hemos de escuchar la voz del corazón, ya que Dios vive en lo más hondo de nuestro ser, y a cada uno se nos presenta de una forma única e intima, por lo que solamente cada uno puede descubrir a Dios.
Una vez descubierto, comprenderemos que no es necesario solicitar su ayuda, porque siempre la tenemos, Él siempre está con nosotros, mora en nuestro interior.
 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

No tema la soledad


No tema la soledad.
El alma que no puede sostenerse sola,
nada tiene que dar.
Alice A. Bailey 

            Solamente hablamos de una muerte, sólo conocemos una muerte, solo tememos una muerte: La muerte del cuerpo. Sin embargo, la muerte es un proceso en tres etapas. Tres etapas en las que nos vamos desprendiendo, una tras otra de tres de nuestras vestimentas: el cuerpo físico, el cuerpo emocional y el cuerpo mental inferior.
            Este proceso, tiene una duración indeterminada, en función de la evolución de la persona. Si la persona tiene un estado de evolución medio, en la que se la supone familiarizada con los distintos cuerpos de que está formada, además del cuerpo físico, el proceso puede ser relativamente corto. Podrían ser horas después de dejar el cuerpo físico. El proceso, sin embargo, podría alargarse años, (en la medida del tiempo terrestre), si la persona no tiene ningún conocimiento de su cuerpo astral y de los factores que intervienen en la descomposición de ese cuerpo astral, como puede ser el elemental de vida.
            Pero se tarden horas o años, el final siempre es el mismo. Cuando el ser humano se ha desprendido de sus cuerpos físico, astral y mental, se recoge “en soledad” en el plano causal, para descansar de la vida recién abandonada, y prepararse para la siguiente encarnación.
            Ese tiempo de descanso en el plano causal, se realiza en solitario, recogido el ser en sí mismo.
            No es esta una reflexión sobre la muerte, sino sobre la soledad, pero no de la soledad del mundo de la materia, esa soledad que deriva del rechazo a los demás debido a la inmadurez del carácter, o la soledad del ser retraído.  No, la reflexión de esta soledad, es una especie de entrenamiento para la soledad que adviene con el abandono del mundo físico, es la soledad espiritual.
            No se trata de abandonar a la familia, ni a los amigos. No se trata de recluirse en una gruta, o en un monasterio, apartado del mundo. Se trata de abandonar la vida de concentración en el plano físico, se trata de empezar a identificarse con la propia esencia, se trata de comenzar a vivir desde el alma, se trata de vivir el mundo interior, se trata del desapego, se trata de cambiar los “valores” y las “responsabilidades”, se trata de vivir fuera del paraguas del condicionamiento social y masivo que nos cubre a todos.
Es posible vivir de esa manera, a pesar de las limitaciones físicas, del ruido y de los compromisos sociales. Sólo hay que dejar de pensar en uno mismo, y pensar y actuar para los demás, sólo hay que sentirse libre de deseos, sólo hay que sentir la conexión con todo lo creado, sólo hay que amar.
Una buena manera de actuar, hasta que esa soledad espiritual haya arraigado en nosotros en actuar “como si….”, es decir, hacer ese trabajo de manera consciente, hasta que sea un hábito integrado y surja de manera espontánea.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Si quieres dominar algo, enséñalo.


Si quieres conocer algo, léelo.
Si quieres aprender algo, practícalo.
Si quieres dominar algo, enséñalo.
Yogui Bhajan. 

            No enseñamos, únicamente, cuando nos colocamos delante de un grupo de personas para dictar una lección o para explicar algún tema. Estamos enseñando, y aprendiendo constantemente, cada segundo de nuestra vida. Todos somos a la vez maestros y alumnos, con cada palabra y con cada acción, con las que vamos interactuando en nuestro vivir diario.
            Cada vez que expresamos miedo, enseñamos el miedo; cada vez que criticamos, enseñamos la crítica; cada vez que atacamos, enseñamos el ataque: cada vez que amamos, enseñamos a amar; cuando vivimos en paz, enseñamos la paz; cuando servimos a otros, enseñamos la caridad.
            Enseñamos con cada acción de la vida, pero a la vez que enseñamos, estamos afianzando y dominando dicha acción en nosotros mismos. Cada vez que se actúa con ira, la ira se hace más fuerte en nuestro interior; cada vez que se actúa con temor, el miedo se fortalece.
            Todos en conjunto, formamos nuestra sociedad, por lo tanto, ¿Qué es lo que puede enseñar la sociedad?, es muy claro, la sociedad enseña el compendio de las enseñanzas de cada uno de sus miembros: separación, lucha, ataque, que dirán, etc., etc. Pocos son los maestros que enseñan amor, serenidad, caridad, benevolencia, paz; y son tan pocos, que la sociedad ni se inmuta. Incluso muchos de sus miembros les tachan de locos, de sectáreos y peligrosos para la propia sociedad.
            Y curiosamente, son esos mismos miembros de cada sociedad, los que se escandalizan y se rasgan las vestiduras cuando conocen, por los medios de comunicación, (que son la representación más genuina de los valores más paupérrimos de la sociedad), las acciones de la guerra emprendida por dirigentes enfermos,  o conocen feminicidios y maltratos; pero no se escandalizan, en cambio, cuando permiten ver, y por lo tanto aprender, a sus hijos, en esos mismos medios de comunicación,  como se encumbra el despilfarro, como se ensalza a los analfabetos, como se idolatra a falsos ídolos, como tienen de ejemplo a gentes que su único mérito es la ignorancia, la avaricia, el engaño, o la promiscuidad.
            Por lo tanto, ya que no podemos dejar de enseñar, porque es una faceta inseparable de nuestra vida, y tampoco podemos dejar de aprender y fortalecer nuestras propias enseñanzas, ¿Por qué no somos un poco más selectivos, y elegimos nuevas enseñanzas?, por ejemplo, aquellas que nos lleven a descubrir cómo se vive en paz, cómo se vive la felicidad, y cómo se vive el amor. Podemos escuchar a esos “locos”, que otros tratan de sectáreos, y poner en práctica sus enseñanzas. ¡A lo mejor tienen razón!
 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Santa Bárbara bendita.


Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, de la misma manera que levantamos la vista al cielo suplicando, casi exigiendo, ayuda a Dios cuando tenemos algún problema, y casi nunca parece que obtenemos respuesta o ayuda. Aunque realmente, sólo lo parece, ya que Dios sabe de nuestro problema, incluso antes de que aparezca, y siempre nos va guiando, aconsejando, recordando. Lo que pasa es que la Voz de Dios es siempre débil en nosotros. Es tan fuerte la voz del ego que no nos permite escuchar ninguna otra voz, y mucho menos la Voz de Dios que es como un débil susurro en medio del fragor de la batalla de la mente.
¿Qué hacer, entonces, para encontrar ayuda a nuestros problemas? Con tanto ruido en nuestra mente, es claro, que levantar la vista al cielo y suplicar a Dios no es suficiente, hablar o escuchar no es suficiente, asistir a cursos o talleres no es suficiente, leer no es suficiente, incluso meditar tampoco lo es. ¿Qué hacer?
Desde pequeños vamos desarrollando una mente dual. Por un lado anida en ella la Voz de Dios, o la Voz del Alma y, por otro lado, va creciendo y haciéndose cada día más fuerte, la creencia del ego. Tan fuerte llega a ser la creencia del ego, que arrincona, cada vez más, a pasos agigantados, a la Voz del Alma.
En esas condiciones, es normal que todo lo que escuchemos en nuestro interior sea nuestra propia voz, ya que es nuestra propia creación, fruto de nuestras creencias y de los condicionamientos sociales enseñados por nuestros educadores, que determinan, la madurez o inmadurez de nuestro propio carácter, que es el guía de nuestro pensamiento, de nuestra palabra y de nuestras acciones.
Para no tener que levantar la vista al cielo cada vez que nos acosa algún problema, lo mejor sería no permitir que  se presentara el problema, pero como eso, parece una misión imposible, sólo nos queda encontrar la fórmula para sobrevivir al problema, la fórmula para sobrevivir a la vida. Aunque si encontramos la fórmula para sobrevivir al problema, podríamos ir más allá, y utilizar la fórmula para conseguir, de una vez y para siempre, la paz interior, la serenidad y la felicidad.
La fórmula que nos va a permitir todo eso, es simple. Sólo tenemos que ser conscientes de la dualidad de la mente: Queremos sentir a Dios, pero nos falta voluntad y coraje para separarnos de nuestra propia creación, el ego.
Si conseguimos ser conscientes de la dualidad de la mente, sin dejarnos arrastrar por nuestra arrogancia y nuestras propias contradicciones, habremos dado un gran paso, el primero. En ese paso, el ego comienza a debilitarse, abandona la lucha, que es justamente lo que le hace fuerte, y así estaremos en condiciones de dar el siguiente paso. El segundo paso es “elegir” la otra Voz que aparece en la mente, la Voz de Dios. Únicamente con la elección, la Voz comienza a fortalecerse, a la par que se debilita la voz del ego.
Después de esto sólo es necesaria la voluntad para no ceder al chantaje que, de buen seguro, va a presentar el ego. De aquí, a escuchar la Voz del Alma, será “coser y cantar”.

 

sábado, 10 de noviembre de 2012

Curar es hacer feliz


            Cuando leía en “Un curso de milagros” que “Curar es hacer feliz”, no podía por menos que pensar, en que un gran número de personas, a pesar de entender intelectualmente su significado podría estar lejos de integrar en su interior tal afirmación, porque posiblemente les es difícil integrar cada una de sus partes.
            Si hacemos una encuesta con la pregunta de ¿Qué es la felicidad?, es posible que obtengamos un sinfín de respuestas, pero ¿Cuántas de ellas nos dirían que la felicidad es un estado interior?, ¿Cuántas dirían que es el estado de “todo está bien”?, ¿Cuántas de ellas no asociarían la felicidad a cuestiones materiales que existen en el exterior y que les conducen emocionalmente a un estado que califican como de felicidad, pero que no es más que un estado de euforia pasajera?, y si alguna persona diera estas respuestas, ¿Sería realmente feliz, cada segundo de su vida, un día tras otro? Creo que esto puede entenderse intelectualmente, pero no se integra. Es como el aceite que se intenta mezclar con el agua, es imposible, el aceite siempre se quedará en la superficie del agua sin mezclarse con esta. Lo mismo pasa con la explicación de la felicidad, se queda en la superficie de la mente sin penetrar en su interior.
            Y la enfermedad, ¿Qué entendemos por enfermedad?, seguro que todos calificaríamos como sana a una persona que no tiene ningún problema físico, ni está loca, ni tiene depresión. Pero, ¿Podríamos decir que está sana una persona que se irrita, que es intolerante, que es impaciente, que guarda algún tipo de rencor en su interior, que critica a los demás, que controla, que es exigente, o que rechaza algún aspecto de alguien? Está claro que no tiene ninguna enfermedad física, pero, ¿Cómo se encuentra su mente?, ¿Se puede calificar como sana una mente con esas características?
            No, no es una mente sana. Todas esas características no son más que hábitos negativos, y seguro que para justificarlos, podemos encontrar un sinfín de explicaciones. Es igual, no sirve ninguna explicación, son hábitos enfermos de una mente enferma, de una mente que ataca y, por lo tanto teme ser atacada.
            Recuerda que cada defecto que reconocemos en otro, lo reconocemos en nosotros mismos. Por lo tanto es algo a sanar; y si hay algo a sanar es que existe la enfermedad. Así que tenemos un trabajo a realizar, “sanar la mente”. No te quedes tan tranquilo porque no tienes ninguna dolencia física, porque cada enfado, cada irritación, cada muestra de intolerancia, de impaciencia, de exigencia, de crítica o cada intento de manipular a los demás, solo es el reflejo de una mente enferma. 
            Permite que desaparezca de tu mente cualquier miedo a ser atacado, sustitúyelo por el amor, y aparecerá en ti, como por arte de magia la felicidad. Así podremos hacer realidad la idea de que “Curar es hacer feliz”.
 

La carrera de la vida


            En un momento del tiempo, el alma decide su vuelta a la materia para retomar su aprendizaje, en el mismo punto en que quedó al finalizar su encarnación anterior, y se reúne con los Señores del Karma para terminar de organizar la que será la nueva vida: El lugar de nacimiento, la familia, los amigos, los diferentes encuentros, el Karma a liberar, el aprendizaje a recibir o la enseñanza a realizar.
            Y para eso, de la misma manera, que una vez en la Tierra el cuerpo elige el vestido adecuado para salir a la calle, el alma elige la vestimenta adecuada para el trabajo a realizar, y se reviste de materia, con forma de hombre o de mujer.
            Durante mucho tiempo he pensado que era una pérdida de tiempo inútil todo el tiempo que tardábamos en crecer, desde nuestro nacimiento hasta la edad adecuada en la que comenzamos a poder ser conscientes de la vida, pero ahora sé, que ese es también un tiempo de experiencia para el alma, un tiempo de aprendizaje total, un tiempo en el que permitimos a otros, casi siempre nuestros padres, para que liberen parte de su Karma, un tiempo para liberar Karma propio.
            La vida es como una carrera de obstáculos que vamos corriendo por diferentes pistas a la vez. Es como si en una carrera fuéramos el mismo corredor por las diferentes calles, y en cada una de ellas, vamos avanzando en todas las experiencias que el alma ha decidido vivir en la presente vida.
            Cada calle podría tener un nombre, aunque siempre distinto para cada persona: En una calle avanzamos para trabajar la voluntad, en otra la paciencia, en otra el orgullo, en otra……., etc., etc. Y es claro que en todas las pistas no vamos a llegar a la par, podemos avanzar rápidamente en unas y más lentamente en otras, podemos finalizar la carrera en unas y casi no comenzar en otras.
            La carrera finalizada, perdurará por siempre, será un aprendizaje aprendido para toda la eternidad; y aquellas otras que queden pendientes volverán en nuestra mochila en la próxima encarnación. Ninguna va a quedar en el olvido.
            Todos vamos a completar todas las asignaturas, unos antes, otros después. Y teniendo en cuenta los obstáculos con los que nos encontramos, ¿Por qué tratamos de pasarlos todos cuanto antes?